Hoy ha muerto mi bisnieto. Tengo ciento dos años pero la astilla de la presencia del verdugo de la muerte me imprime un dolor álgido y totalmente funesto. No hay en sí un torrente de tranquilidad luego de que se haya marchado de esta vida. El pesar que siento no se compara siquiera con la muerte de mi viejo hace ya tres años. No es para nada así. Antonio murió en situaciones muy distintas, diría yo que hasta queriendo hacerlo. Mi bisnieto se murió en las situaciones menos inimaginables para él. El dia estaba inusualmente soleadísimo y la piel de mi bisnieto, sin temor a equivocarme. empezó a magullarse tanto que le podía ver las entrañas. No fue, sin embargo, el estío imprevisto el que mató a mi bisnieto. La pena. Fue la pena la que lo consumió. Aparte del sol, mi bisnieto tenía algo más pudriéndose en su humanidad adolescente. La lucha que había empezado con su compañero de siempre no parecía dar frutos en cuanto a efectividad. Esto, junto con el sol asqueroso de agosto, terminó por calar y carcomer los pálidos huesos de mi bisnieto. El clima, como dando por concluido su confabulación, ahora ha cambiado. La lluvia parece ahora apurada por no haber aparecido antes y haber salvado a Rodolfo, mi bisnieto.
a.makario


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